La Mitología Griega cuenta que la diosa Artemisa representaba la fertilidad, “La luna” y le dió el nombre  al Ajenjo en reconocimiento a sus propiedades curativas.

Es de donde se saca la hoy prohibida absenta, cuyo uso era como tónico estomacal.

Actualmente entra en la composición del vermut, palabra que viene del alemán “Wermut” nombre del ajenjo en ese idioma.

En medicina natural se utiliza contra la anorexia por su virtud de despertar el apetito.
En magia se utilizaban las flores amarillas desecadas y tostadas para fabricar un perfume que potenciaba las evocaciones infernales.

Paracelso decía que provoca insomnio en las personas muy nerviosas.

En Francia, a mediados del siglo XIX se fabricó un licor afrodisíaco y estimulante, a base de absenta, anís y orégano, cuyo consumo estuvo muy de moda entre los bohemios de París.
Se sabe que Van Gogh era un adicto empedernido y se cree que su locura se debe al excesivo consumo de tal licor.

Según una antigua leyenda europea, el ajenjo arrebata el valor de un hombre.

El ungüento de ajenjo solía aplicarse para mantener a raya a los indeseables duendes y trasgos por la noche.

“El tercer ángel tocó la trompeta, cayó del cielo una gran estrella, ardiente como una llama; cayó sobre la tercera parte de los ríos y sobre las fuentes de las aguas. El nombre de la estrella es ajenjo. Y la tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo…” Apocalipsis 8, 10-12.

Una de las leyendas bíblicas sobre el ajenjo narra que este brotaba por los lugares donde la serpiente reptaba a la salida del Edén, siendo esta huella la que prevenía su regreso al lugar.

Flor de Artemisa

Una vieja leyenda relaciona a una tal Artemisa, no la diosa griega sino una reina de Caria, con el nombre de la planta. Habiendo desaparecido su marido, el rey Mausolos, mandó investigadores en su busca, pero ninguno volvió con noticias suyas.
La reina asumió que estaba muerto, y comenzó a construir un gran monumento en su honor. Pero Mausolos volvió, y fue enterrado en esa tumba, dándonos el término mausoleo.

Artemisa nunca se recuperó y comenzó a ser asociada con la amargura y la ausencia –absentia, en latín–, virtudes tan características del ajenjo.


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